Un poeta (2025, Simón Mesa Soto) es el retrato de un hombre desgraciado, del fracaso de una vida por el empecinamiento en seguir cayendo en la inconsistencia, en lo inapropiado, despreciando las posibles salvaciones pragmáticas. Ese Óscar Restrepo es un hombre cincuentón, un colombiano al que ya le ha dado tiempo a lastrar un matrimonio fallido; a tener una hija adolescente, Daniela, que se avergüenza de él; a dejar de disfrutar con un reconocimiento de sus primeros libros que con los años se ha diluido totalmente, pues su obra no ha tenido continuidad ni se ha afianzado en ninguna trascendencia. Cuando se le reprocha que no busque un trabajo, alega que es poeta, a lo que su hermana, desde la contundencia de la obvia realidad que atiende, le espeta que él es simplemente un desempleado.
La película traza la descripción de una actitud vocacional tan pura que conduce al desastre de la persona que habita el mundo acuciante. Restrepo solo se salva de la indigencia por la ayuda de su anciana madre. Estamos ante un iluso que cree que la poesía debe interesar a un número importante de ciudadanos, y que se puede vivir de ella, cuando, además, la suya en particular es de las que el público no espera. Cuando recurre a una asociación poética, se le deniega la posibilidad de dar clases. Se le conoce demasiado, le dicen. Como alternativa, se le facilita la participación en un programa de televisión. Ahí entramos en una de las escenas más hilarantes de esta siempre triste película, porque son también unas imágenes desalentadoras. Aquello no es la entrevista profunda que él esperaba, sino la inclusión en el circo mediático, en la banalidad dominante. Le piden que lea “un poemita de amor”. Mientras él hurga en su libro para tratar de encontrar algo parecido, el programa continúa con la presentación de un joven que es “una figura de la música urbana”, un exitoso productor de pseudomúsica.
El retrato de la sociedad colombiana, de sus barrios más desfavorecidos, se hace, especialmente, a través de la familia de Yurlady, una quinceañera a la que Restrepo da clase, pues finalmente lo han convencido para que acepte un puesto como profesor de literatura en un instituto, y él, a su vez, se ha obligado a sí mismo, para pagar los estudios de su hija. Espera haber descubierto en esa alumna a una futura gran poeta. Pero, como la propia Yurlady dirá más adelante, ese sueño de triunfo no es el de ella sino el de él. Se siente forzada a participar en la asociación poética, cuando, en realidad, su mayor afición es: “Me gusta maquillar, peinar, estoy aprendiendo a hacer uñas”. Y cuidar de su familia, ser madre (el problema de los embarazos de adolescentes está muy extendido en esos ámbitos). Forzada por él, se ve involucrada en el protagonismo de una ambición que no siente. Poco a poco, verá en ello una posibilidad de chantajear al poeta pidiéndole dinero o víveres que alivien la extrema pobreza de su familia.
Esa familia de Yurlady representa a muchas de las zonas más empobrecidas de la sociedad colombiana. Esa estrecha escalera de caracol por la que hay que ascender a la vivienda es el símbolo de una vida confinada en la dificultad. Dentro, el hacinamiento, un cúmulo de seres humanos, de bebés, y ese momento en el que todos, amontonados, permanecen hipnotizados ante las más que seguras estupideces que estará escupiendo el televisor.
De la película podría desprenderse la idea de que apostar por la poesía es someterse a un fracaso seguro. Lo es total si se pretende vivir exclusivamente de ella, pero también grave cuando se siente el dolor de que la obra propia, de la que se siente tanto orgullo, no le interesa a nadie, y está escasamente valorada. Cuando en una lectura poética, Restrepo imparablemente se anima a hablar sobre aquello que le apasiona (es el único momento en que lo vemos sonreír), es urgido por el moderador para que abrevie su discurso. No encuentra fraternidad en unos colegas propensos a cultivar una egolatría encajable en la admiración de los deslumbrados, mientras que de él se desprende un cierto quijotismo, una candidez que le impide alcanzar cercanos parabienes y aplausos, un hacer genuino con el que pretende una muy difícil sintonía con la humanidad imperante.
Restrepo es un hombre bueno, pero inhábil para una vida dignificante y sostenible. Su alcoholismo es una rémora que le impide superar los graves errores que permanecen indelebles en la visión de quienes lo han sufrido o contemplado. Su aspecto es patético. Sus ojos hinchados escondidos tras sus gafas denotan una mala salud y una arraigada tristeza. En contra de cualquier otro personaje de película lujosa, en los sucesivos días va repitiendo casi una única camisa que recubre su cuerpo contrahecho, su presencia desdibujada. El gesto de su boca es el de un pez fuera de su hábitat, ahogándose.
Después de los primeros días de docencia, encuentra en su relación con Yurlady un estímulo para reformarse. Ya no rellena de licor el termo del que no se desprende en sus clases. Siente que está rescatando a esa joven de una familia que la oprime con su pobreza, que no le facilita ningún futuro que no sea el de una miseria tibia, soportable. Pero no es verdad. Ella lo sigue a regañadientes. No es una verdadera poeta, aunque Efraim, quien dirige la asociación, la reconozca como una promesa.
Y Restrepo, ¿es un verdadero poeta como él piensa? No lo vemos escribir sino muy al final de la película. Y, el mundo que recibe, la ruina de su vida, ¿pueden dictarle algún verso? No parece que sepa o pueda escucharlos. Tampoco lo vemos leer. Su vida es un andar dando tumbos por los escenarios de su desolación; es mendigarle ayuda a su madre, con la que duerme en su misma cama; es esperar un reconocimiento de su hija que no llega; es pretender un aprecio de unos colegas que lo tienen como a un intruso al que soportan con resignación.
Un poeta hurga en las complejidades económicas y culturales de una sociedad desventurada, pero no nos puede resultar en absoluto indiferente a aquellos que vivimos en un entorno más acomodado. La incultura que está instalada en aquellos barrios colombianos no está muy alejada de la que está implantada en muchos estratos de nuestra sociedad más evolucionada. Lo banal, la dependencia de la burda facilidad, de lo denigrante, están muy cerca. El personaje de Restrepo plantea de una forma muy realista aquello que hemos conocido en muchos literatos, ese afán de pureza, de incontaminación, que exige no someterse a trabajos divergentes, a jornadas laborables aniquiladoras. Y también la escasísima trascendencia social de la poesía, lo dudoso de cualquier reconocimiento o desprecio endógenos, interesados. Restrepo se debate entre su condición de poeta y la de hombre. No puede afianzar la primera, pese a sus ilusos esfuerzos, porque están basados en un yo ya sucedido, en unas obras pretéritas; la segunda está marcada por el continuo yerro de sus pasos, por la imposibilidad de apaciguar a una familiaridad humana poco indulgente. Su indefensión, su vulnerabilidad, su dependencia, lo convierten en un ser inmaduro.
Su modelo de poeta es el de su paisano José Asunción Silva. A menudo mira su retrato en la pared de su habitación, como si fuera la imagen de un santo. Según él, fue alguien que no luchó por el reconocimiento. Se suicidó a los treinta años, acuciado por las deudas. En la ebria conversación que mantiene con un drogadicto, en la calle nocturna, Restrepo defiende acaloradamente a su poeta adorado frente a la mayor gloria nacional: Gabriel García Márquez. Para él, el auténtico escritor es el primero, el que escribe lo que necesita decir y ya su propia vida es un poema; y no lo que espera el público, eso que hacía el premio Nobel. Óscar muestra un billete de 5.000 pesos con su retrato, y su compañero de delirios le espeta que García Márquez ocupa el de 50.000.
Restrepo se define como un soñador, un buscador de quimeras a través de la palabra. Un desdichado poeta, porque el dolor ha sido materia prima de su poesía. Y es verdad, sus recorridos no se apartan del sucio paisaje de la realidad que atrae con su impotencia. Eso es lo que expresa en sus poemas, y lo que se le reprocha cuando se lamenta de su poco éxito. Debería tratar otros temas, los que venden, los que gustan en Europa; tal vez los que toca ese exitoso Efraim, esa figura aplaudida, admirada, el que sabe endulzar los oídos con las palabras que lo hacen brillar en una estudiada imagen. Efraim adopta un aire de superioridad ante el empequeñecido Óscar, lo mira con fastidio o con condescendencia.
Simón Mesa Soto maneja con una soltura profunda todas las situaciones por las que pasa el omnipresente protagonista. Su cámara registra toda la textura de una realidad áspera y ahonda en la brecha de incomprensión entre quien vive en las elevaciones de la literatura y quienes residen en el suelo de la realidad.
Restrepo fracasa en sus intentos de regeneración, cuando abruptamente, en el festival de la escuela de poesía, recae en la bebida hasta caer en la máxima indignidad. Mientras, la chica también se emborracha gravemente. Toda su trayectoria pesa sobre cada momento presente que quiere encarar, impidiéndole alzar el vuelo sobre su fatalidad. Finalmente, ese inoportuno y tan espectacular retroceso lo pondrá en el punto de mira de todos aquellos que, con sus prejuicios, estaban al acecho de su caída. Pero, como se dice hacia al final, Óscar es uno de esos hombres que solo saben hacerse daño a sí mismos.
Un poeta obtuvo el Premio Especial del Jurado en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes de este año. La participación de Ubeimar Ríos, en el papel de Restrepo, es fundamental para darle un decisivo realce a la película. Ha sido esta la primera vez que ha hecho de actor. Según ha confesado, tiene algunos puntos en común con ese poeta que encarna. También hizo sus pinitos en la poesía, ganó algún premio en los años noventa, pero, al contrario que su personaje, no ha apostado toda su identidad en la figura del poeta, sino que ha subsistido dando clases de filosofía. Ubeimar ha comprendido muy bien a ese perdedor, le ha puesto la voz, los gestos y los silencios que lo definen.
Ya no es solo que Restrepo no encuentre el reconocimiento en su arte, sino que, en todas partes, resulta un hombre molesto, innecesario. Cuando acude a llorarle a su hija Daniela, y le pide perdón por ser como es, por no poder ayudarla, esta le dice que no tiene que preocuparse por ello; pero más que por compasión, lo dice porque, en realidad, quiere mantenerlo alejado. Más adelante, Daniela le dirá a su padre: “Usted es buen poeta, pero a mí eso no me importa, solo que sea una buena persona”. “Lo he intentado…”, le responderá él. “No ha luchado lo suficiente. Busque ayuda, búsqueme cuando haya cambiado”. “Yo a usted la quiero mucho”, son las palabras que ella no acepta, porque no están respaldadas por la actitud deseable.
Finalmente, Simón Mesa decide incluir un desenlace confortador. Tras el desastroso trayecto, se produce la ansiada conexión con la hija, un fuerte abrazo que deja muy atrás palabras estériles, que se sostiene sobre otras recientes, las escritas en ese cuaderno que circula entre los tres protagonistas, esas dos adolescentes y el poeta, ayudando a un fecundo tránsito de los mejores sentimientos. Son esas palabras que le dirige Yurlady a Daniela, para exonerar a su padre de toda sospecha, para proponer un merecido fin a esa derrota a la que parece estar condenado. Y las del sincero poema en que él se renueva, y aquel antiguo, dedicado a su hija... Al fin, el valor de los gestos, y el de las palabras, en la poesía y en la vida.




