Medio siglo después de que se apagase la voz de Cecilia, ya sabes, la del ramito de violetas y su querida España, que por lo menos no ha tenido el disgusto (por razones ovias), de conocer a su amado país en estos tiempos de zozobra, me pregunto a qué tipo de historias habría recurrido ahora si tuviese que escribir una letra adaptada a la actualidad de su célebre y celebrada Dama Dama de antaño. Aquella, la original, tenía peculiaridades que se han quedado trasnochadas, pero otras son perfectamente extrapolables a damas que ahora okupan telediarios, incendian tertulias y aprovechan cualquier oportunidad para practicar la objeción de conciencia en lo que se refiere a mantener la boca cerrada para evitar que entren moscas.
La Dama descrita por Cecilia no era precisamente una santa, qué quieres que te diga, pero, aparte de su autora (que sabía de lo que hablaba), pasaba inadvertida para el vulgo confundida convenientemente en un coto privado de sociedad de aquellos con los que habría hecho encaje de bolillos literarios el mismísimo Óscar Wilde. En efecto, aspiraba a ser niña en los bautizos, novia en las bodas y muerta en los entierros con tal de dejar su sello. Pero es que, sus alter egos de ahora, Ayusos, Yolandas, Armengoles, Nogueras, Cayetanas, Belarras, Milláns, Mónicas, Monteros y demás extras progresistas o conservadoras, con tal de no perder sus sillas son puntuales incumplidoras del octavo mandamiento, emisoras de rumores, dicen lo que les viene en gana sin calcular sus consecuencias o alternan con vividores (allá cada una de ellas que se vayan dando por aludidas) y consiguen que, un ático, ejemplo, compita en primeras planas con una ocupación en masa en Ceuta, o un mazo retire la palabra en el templo aconfesional consagrado a la palabra, o una amenaza aritmética incite al césar a colocar el pulgar hacia arriba, ya sabes, que marca los indultos, las amnistías y todas esas cosas que no permiten a los seres humanos considerarse iguales ante la ley.
Los tontos% es posible que reduzcan esta reflexión a la mínima expresión de machismo por parte de este humilde servidor que, sin embargo, ha sido fruto de mujer, compañero de vida de dama y colaborador necesario para engendrar hijas. Por eso escribo estas líneas con la convicción de que, en realidad, hago una arriesgada pero creo que fructífera aportación a la igualdad. Claro que somos iguales, hombre: nosotros y ellas, ellas y nosotros, somos exactamente igual de susceptibles a dejar al descubierto las mismas virtudes y los mismos defectos. El o la que se pique, ajos come…
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